ENTREVISTAS

SaxRules.com: en Adjumani (Uganda) de la mano de Miguel Ángel Lorente

Hoy vamos a hacer una entrevista diferente. Creo que estas fechas son un buen momento para hacer balance de todo el año 2017 a nivel profesional pero también a nivel personal.

En el ámbito profesional nuestro saxofonista entrevistado de hoy comenzó el 2017 ofreciendo un concierto en París  con Alain Billar y el l’Ensemble Multilatérale,  colaboró en las jornadas que organiza Hamaikasax, ofreció un curso en el Campus internacional de música y danza de El Tiemblo (Ávila), en Utrera Suena 2017, en la Banda de Música de Illescas y en la banda “Ciudad de Burgos”, tocó una semana con la Banda Sinfónica Municipal de Madrid y participó en el homenaje a Eric Devallon en Sevilla y en Musikene.

Y en el ámbito personal, este año ha tenido unas vivencias bonitas y enriquecedoras. Al margen de su faceta como deportista, hizo el camino de Santiago tras recorrer 454 km a pie, debutó y participó como actor de teatro en “Cuatro Escenas del Realismo Americano”, en “Canalla Improtroupe” y en “Improvisaciones Mínimas. Y sobre todo, ha vivido una experiencia que me llamó muchísimo la atención, su participación en el Vura Music Project. Una organización que trata de llevar el desarrollo e integración social a través de la educación musical a zonas desfavorecidas. 

Así que él buscó cómplices de apoyo como la casa Selmer, Vandoren y amigos que colaboraron aportando accesorios para saxofón como son boquillas y cañas de manera desinteresada y con ellos se plantó en Adjumani (Uganda).

Le he pedido que por favor compartiese con nosotros sus vivencias allí.

Hoy entrevistamos al profesor de saxofón de Musikene, hoy SaxRules.com con  Miguel Ángel Lorente.

SaxRules: Miguel Ángel, cuéntanos tu experiencia en Adjumani (Uganda).

Miguel Ángel: Desde hace ya algún tiempo ha ido creciendo en mí la idea de sentirme afortunado por todas las cosas que me han pasado y me siguen pasando en mi día a día. Mis padres, mi hermano, mi familia, mis amigos, la educación que he podido tener y sigo teniendo, los profesores que me han acompañado, el hecho de poder conocer diferentes facetas artísticas que me desarrollen tanto personal como profesionalmente, y, cómo no, de mi maravillosa profesión: disfrutar de la suerte que tengo de poder escuchar cada semana la música que comparten conmigo mis alumnos en el aula de saxofón de Musikene. En resumen, la música y el arte en general forman parte de mí y de mi vida cotidiana, trayéndome con ella grandes personas a las cuales agradezco en muchas ocasiones su luz y sobre todo el hecho de haberla compartido conmigo. 

Sentirse agradecido es un gran valor, y puedo decir con total sinceridad que es uno de los que me enorgullece poseer. Unido a este sentimiento y de forma paralela, fui siendo consciente de que en el mundo, así como en la vida, está todo lo necesario para vivir en armonía y en equilibrio, y que todos los ingredientes existen pero quizá no en el lugar idóneo. De esta forma pensé que la riqueza y los recursos naturales en el mundo estaban por descontado, y no sólo cuestiones materiales: la bondad, fraternidad, generosidad, amistad, empatía, escucha y solidaridad también, pero quizá no repartidos equitativamente. 

Pienso que en esta vida nos pasan cosas que nos tienen que pasar, y que tienen un porqué, siendo tarea nuestra saber ver, como si de unas gafas especiales se tratara, qué enseñanza en forma de mensaje encriptado esconden como regalo nuestras vivencias.

Así, poco a poco vas siendo más y más consciente de todas las cosas que te rodean y que te hacen afortunado, creciendo en ti irrefrenablemente la idea de que todos estos elementos que se encuentran contigo quizá podrían estar mejor colocados, y no están bien repartidos ni equilibrados en el mapa, y la llama de poder reajustar dichos ingredientes, aunque sólo fuese a minúscula escala, te va conquistando.

17990605_1874013222870226_6235596406680330814_oVura Music Project” leí una mañana en internet. Una escuela de música en Uganda, en el mismo corazón de África donde desarrollan un proyecto educativo con niños y niñas de los poblados de Moyo y Adjumani al norte del país. Una escuela en el centro del mundo con el objetivo de desarrollar la expresión artística, el trabajo en grupo, la responsabilidad en el estudio, construir, desarrollar y presentar en público proyectos artísticos utilizando su cuerpo y los instrumentos, así como valores tales como los relacionados con la toma de decisiones o el tránsito y la profundización de determinadas emociones.

Una vez más, volví a sentirme afortunado y agradecido de que la vida ponga delante de mí la posibilidad de repartir mis ingredientes con personas de otro lado del mundo, y que yo, como abanderado de la solidaridad, algo bastante presuntuoso por mi parte, pudiese viajar allí y repartir con ellos mis “riquezas”. Pronto me dispuse a hablar con Selmer y Vandoren, y recibí desde París material de saxofón (boquillas y cañas) de gran cuantía económica si tomamos como referencia el salario medio de un ugandés: en torno a los 30 euros al mes. Quiero agradecer enormemente el esfuerzo de las personas que lo hicieron posible como fueron: Christophe Grézes, Martin Trillaud, Manuel Fernández y Héctor Fernández. La propuesta la lancé a mis alumnos y todo el círculo que comprenden mis relaciones profesionales y recibí material para llevar conmigo de diferentes partes de España, por ello hago extensible el agradecimiento a todos los que hicieron esto posible. Sus boquillas y cañas están teniendo una  nueva vida en Uganda.

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Fotografía de Aritz Azparren

Todo estaba listo, llegó el día y viajé a Uganda. Aterricé en su capital, Kampala, a las 5h de la mañana y una persona me estaba esperando en el aeropuerto. Estaba realmente cansado por el largo viaje pero mis ojos todavía dejaban ver que el coche circulaba por caminos de tierra y que muchas personas caminaban por los laterales a pesar de la oscuridad y el terreno. Dos días después llegué a Adjumani, poblado en el que estaba destinado un mes y en el que encontré las maravillosas personas que forman parte de Vura Music Project y del centro multiusos donde nos alojábamos. Aritz, Cristina, Carlos, Laura y David hicieron de mis días en Uganda una experiencia mucho más fácil y enriquecedora si cabe.

Al amanecer mi primer día en Adjumani y salir hacia el centro del poblado para comprar en el mercadillo, reconozco que todo lo que viví terminó por transformarme complemente, todo era muy diferente a mi vida cotidiana y sentía que no podía asimilar tanta información nueva en tan poco tiempo. Igualmente, reconozco medio avergonzado, que aquellas personas que vi me parecieron pobres, muchos no tenían ropa en buenas condiciones, unos zapatos, o quizá ni tan siquiera chanclas y andaban descalzos, otros tenían la camiseta rota, y sus cabañas tampoco parecían ser muy confortables para mis ojos, unos ojos “del primer mundo”. Compré cinco plátanos a un buen hombre y me pidió cinco céntimos de euro al cambio. Al recoger la bolsa donde los metió vi siete en lugar de los cinco y agradecido quise poner en práctica mi ansiada bandera de la solidaridad dándole veinte céntimos en lugar de los cinco que me pedía. El amable hombre me devolvió quince, respondí que se los quedara y me contestó diciéndome que ese dinero no era suyo. A pesar de que mis ojos lo viesen pobre, los suyos no le veían de este modo. Ahora, y con distancia, recuerdo esta anécdota con cariño, una anécdota donde mi visión traída de este nuestro primer mundo proyectó sobre este buen señor la imagen de un pobre hombre cuando de pobre no tenía nada, y quizá sí mi mirada.

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En poco tiempo empezamos las clases. Se desarrollaban en las aulas de un colegio y pronto todo se puso en marcha. Las clases se realizaban de 14h a 18h de lunes a viernes, y comprendían clases de instrumento: flauta, clarinete y saxofón (en Moyo clases de viento metal), y las dos últimas horas destinadas a clases colectivas, como lo eran la pequeña banda, el coro y el taller de improvisación musical y de desarrollo del grupo del que me encargaba personalmente junto con una parte de las clases de saxofón. 

A las 13h45 salíamos de nuestro lugar de residencia y andábamos hasta el colegio. Antes de llegar, atravesábamos unas pequeñas construcciones en forma de cabañas o chozas en donde vive la gran parte de los habitantes de Adjumani, y los niños y las niñas salían corriendo a nuestro paso. Querían saludarnos y darnos la mano siempre con su gran sonrisa y con alguna cancioncilla que gritaban a coro: “munru! munru!” (blanco en madí). Algunos incluso venían con nosotros al colegio porque eran nuestros propios alumnos, siempre sonrientes tanto los más pequeños como sus padres y familiares.

Ya en el colegio abríamos el aula donde guardábamos los instrumentos y los llevábamos cada uno a su clase correspondiente. Los saxofones eran unos nueve o diez y las boquillas y cañas iban todas en una caja grande de madera dividida en compartimentos con el nombre de sus propietarios. Según iban llegando los alumnos cogían el saxofón que más les gustaba, ellos ya sabían por descontado cuáles eran los que mejor estaban ajustados, y tras montarlos salían al patio central o trasero a tocar bajo la sombra de un árbol o del propio porche que daba acceso a las diferentes aulas.

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Fotografía de Aritz Azparren

Las clases de saxofón fueron muy bonitas, y tengo un recuerdo maravilloso de estas fantásticas personas, pequeños músicos de diez a dieciséis años, desbordando energía, soplando llenos de ilusión y con una gran predisposición, la cual me sedujo desde el primer momento. Clases individuales y colectivas donde los demás compañeros e incluso amigos suyos nos rodeaban a escasos centímetros haciendo de estas clases una experiencia mágica y muy humana al mismo tiempo.

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Fotografía de Aritz Azparren

En cuanto a lo que se refiere a mi proyecto de trabajo en grupo, he de decir que fue toda una experiencia maravillosa, y no tengo palabras para poder expresar lo que viví. Jugamos en círculo a diferentes juegos de expresión corporal y de escucha que he aprendido en mi reciente formación tanto de improvisación como de interpretación teatral, y los resultados fueron a todas luces inesperados para mí. Por momentos me vi desbordado por aquella energía que poseían y salía a raudales de estos pequeños músicos, pero pronto comprendí que no eran tan diferentes, y que en realidad eran niños y niñas como los que bajan a jugar al parque de nuestro barrio. En este espacio que creamos fuimos desarrollando un juego que llamo “la Caja de Música” y con el que pongo en práctica muchos gestos y herramientas de la técnica de “Sound Painting”. Poco a poco, fue dando sus primeros pasos y evolucionando de forma natural como si de vida propia estuviera dotada nuestra caja, y así creció y vivió con nosotros durante este mes en Adjumani, teniendo por instrumentos nuestro cuerpo y voz, y por corazón cada uno de los nuestros. El último día realizamos un concierto donde tocó la banda de música, después cantaron en coro y terminamos con una maravillosa Caja de Música edición Adjumani. Todo un éxito.

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Fotografía de Artiz Azparren

Cada mañana me gustaba disfrutar de mi tiempo, leía y salía a tocar mi saxofón debajo de un árbol dentro de nuestro centro de residencia. Las personas que trabajaban y formaban parte de este centro como los cocineros, el equipo de limpieza y jardinería, eran muy amables y simpáticos, y cuando tocaba el saxofón se dejaban ver pasando más veces de lo habitual cerca de mí. Guardo un recuerdo muy bonito cuando una de las primeras mañanas se acercó un señor, vino andando directamente hacia mí, bien vestido, alguien de la dirección de algún curso de formación que se impartían en el centro, y pensé que me iba a decir que no tocase más, que estaba molestando. Pero cual fue mi sorpresa al verlo detenerse a unos dos metros, y parado, de pie, se quedó escuchándome tocar hasta que finalicé uno de mis estudios preferidos del Ferling. Al terminar me dio la mano acompañada de una gran sonrisa y me dijo que era maravilloso, y que si podría tocar algo más para él. Y claro que lo hice, no es algo que nos ocurra todos los días en nuestro primer mundo, así que encantado toqué una breve pieza musical bajo su atenta mirada, y la música nació de forma natural, de tú a tú, mirándonos a los ojos, de corazón a corazón. Cada uno nos regalamos nuestra música y cada uno nos regalamos nuestra escucha.

Al despedirme de Adjumani el último día que pasé por el centro del poblado, no vi a nadie pobre, ni material ni espiritualmente, y tampoco grandes diferencias entre ellos, y no lo vi porque no lo hay. Tienen lo que necesitan y comparten lo que poseen. Disfrutan de su tiempo con una esperanza de vida mucho menor que la nuestra… porque… ¿qué es vivir más?, ¿qué significa que tu vida valga más o tenga más valor?

Ahora pienso que efectivamente en la vida pasan cosas porque tienen que pasar y que igualmente los ingredientes están ahí delante, todos los necesarios para realizar una buena mezcla, pero que quizá no siempre están bien situados. Ahora comprendo también que la vida me llevó a Uganda no sólo a compartir quien soy, si no a que la bondad, fraternidad, generosidad, amistad, escucha y solidaridad también estaban situados allí, y me esperaban a mí.

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Fotografía de Aritz Azparren

Manyora Adjumani

Gracias Adjumani

Madrid 17 de diciembre de 2017

Miguel Ángel Lorente

SaxRules: !!!Muchísimas gracias Miguel Ángel!!

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