24 años de experiencia docente en una entrada de blog

Dicen que “la experiencia es un grado” y si esto es cierto, hoy te voy hablar de mi “grado” tras 24 años de servicios prestados como funcionario y como docente. Sí, he separado el ser funcionario de ser profesor y ahora verás por qué.

Antes de nada quiero avisarte de que lo que vas a leer es mi interpretación de lo que he vivido en conservatorios de Andalucía. También quiero dejar claro que no me considero ni más, ni mejor que nadie por tener simplemente bastante experiencia.

Mi meta al hacer esta entrada no es otra que hacerte reflexionar sobre el tema y que cada cual saque sus propias conclusiones.

Y bueno, no me enrollo más, vamos a ello.

Para empezar, esto es lo que te vas a encontrar siendo funcionario

Partiendo de la base de que ser profesor es algo vocacional, y asumiendo que el ser funcionario no te va a hacer rico, debes saber que tus retribuciones van a ser las mismas tanto si haces un trabajo increíble como si no. No te lo digo como una queja sobre el sueldo, solo te cuento lo que hay.

También debes saber que no vas a obtener reconocimiento alguno de tu buen hacer por parte de las administraciones. Da igual que no pares de dar clases extra, da igual que inviertas bastante de tu propio dinero en nuevo repertorio y materiales didácticos para utilizar en clase, que prepares unas clases fantásticas, que de tu aula salgan auténticos cracks, que hagas un máster y/o un doctorado, que investigues en libros de pedagogía, historia y teoría para tener más recursos, que prepares conciertos para ofrecer a tus alumnos con las obras que ellos interpretan, que asistas como oyente a clases con grandes referentes para seguir formándote, que hagas actividades extraescolares con los alumnos, etc, etc. Lo dicho, da igual. Parece que lo único que importa en la consejería es que cumplas tu horario y que nadie se queje de ti.

Pero no solo te vas a encontrar la máxima exigencia con el mínimo de inversión y reconocimiento, sino que te vas a encontrar a los denominados “haters” de los funcionarios. Y dentro de este colectivo, los hay de dos tipos.

  • Los que ven con malos ojos al cuerpo funcionarios y en especial a los de educación porque les parece mal el gasto que generamos a la administración al tener el estatus de funcionario (sueldo fijo, número “reducido” de horas lectivas, como si dar tus clases consistiese únicamente en asistir a dichas horas lectivas, “estabilidad” en el destino y los “teóricos” meses de vacaciones). Evidentemente estas personas no son funcionarios. Y no es que nos envidien, es que simplemente piensan que no deberíamos disfrutar de estos privilegios que creo que deberían ser universales o deseables para todos los trabajadores en general. En fin. Parece que se les olvida que para ello tuvimos que aprobar unos duros exámenes de oposición, pero ni por esas.
  • Y, en segundo lugar, el prejuicio de los que tienen asociada la palabra funcionario a alguien que consiguió una plaza por oposición y que desde entonces vive del cuento. Es decir, según ellos, hacemos lo mínimo y  no intentamos hacer nuestro trabajo lo mejor posible porque nos hemos dejado.

En relación a esto último os voy a comentar una anécdota muy curiosa. Hace mucho tiempo asistí como oyente, de manera discreta, a unas clases de nivel superior con la participación de muchos alumnos de dicho nivel. Y me llamó la atención el hecho de que en un momento se generara un debate y uno de los alumnos hiciera un comentario peyorativo sobre los profesores funcionarios con la connivencia de todos los presentes. Es decir, estos jóvenes saxofonistas de hoy, que están invirtiendo muchísimo dinero y una enorme cantidad de horas de estudio en su formación, que aspiran a poder vivir en el futuro de la música y que en privado sueñan con aprobar unas oposiciones aunque fuera a profesor de conservatorio, tienen un concepto muy malo de nosotros. ¿A qué se debe esto?

Pues no lo sé. A priori puede parecer que hayan tenido una experiencia nefasta con sus profesores en las enseñanzas elementales y profesionales. Tampoco sería descabellado pensar que hablen mal de otros para sentirse superiores (o menos inferiores), una cosa muy común entre músicos, en lugar de dedicarse a trabajar más y mejor para serlo de verdad. Podría incluso ocurrir que los estudiantes de saxofón, una vez realizado su ingreso en el Conservatorio Superior, se vengan arriba y piensen que como ya han superado las enseñanzas profesionales y estudian un montón de horas porque viven aún en casa de papá y mamá ya tocan mejor que su profesor del conservatorio. Pero yo me inclino más a pensar que no tienen ni puñetera idea de en qué consiste nuestro trabajo en realidad.

Aún recuerdo el comentario que me hizo un inspector en mi fase de prácticas ya con mis oposiciones aprobadas: “Tengo que decirle algo muy importante. A usted la Consejería de Educación no le paga para ofrecer conciertos, usted está aquí para enseñar “. Y aunque el comentario estaba fuera de lugar, nunca se me olvidará porque literalmente llevaba razón. Las oposiciones eran a profesor, no a concertista. Es cierto que en una de las pruebas de las mismas se nos exigió tocar obras de nivel superior (obras que nunca tocaría ni el mejor alumno de enseñanzas profesionales) pero era simplemente para hacer una criba. El dinero público que se iba a invertir en los que aprobamos era para formar a los futuros saxofonistas andaluces del mañana.

En alusión a lo que me comentó el inspector, es evidente que lo que yo haga fuera de mi horario de trabajo es asunto mío, pero en mi experiencia te puedo decir que no es compatible ofrecer conciertos de altísimo nivel (que es lo que todo el mundo espera de ti porque eres profesor funcionario de enseñanzas elementales y profesionales) y dar unas clases excelentes a tus alumnos. Porque preparar unas clases increíbles para todos los alumnos implica muchísimas horas, y esto sin contar el tiempo de transcripción de piezas para que las toquen en las agrupaciones (a no ser que tus alumnos toquen lo mismo cada año), la búsqueda de nuevos métodos y obras (salvo que tus alumnos hagan siempre lo mismo), el tiempo para organizar las actividades extra con ellos (salvo que tus alumnos no hagan nada), hacer los informes semanales a los padres de elemental, buscar los estudios específicos para las necesidades de cada alumno en cada momento, revisar  la programación, preparar las evaluaciones, organizar las audiciones, preparar las tutorías de padres y alumnos, la preparación de tus alumnos para concursos, ,etc, etc, etc, etc. Y si das tus clases en piloto automático y piensas que son fantásticas siempre o piensas que dar clases a estos niveles no requiere de una planificación constante, háztelo mirar porque probablemente des las clases como en el siglo XIX. Que no digo que se enseñara mal, pero es que todo ha cambiado muchísimo desde entonces.

Es más, si eres alumno, te aconsejaría que huyeses del profesor que está claramente más preocupado por cómo toca él que por cómo tocas tú.

Hay que recordar que lo más complicado que deberíamos ser capaces de tocar son las obras que interpretan nuestros alumnos de 5º y 6º curso (por cierto, en estos 24 años de servicio nunca he tenido más de 3 alumnos de 6º en un curso escolar y la mayoría de años era un alumno o ninguno).

Considero que hay que intentar buscar un equilibrio. Yo personalmente siempre hago una hora de estudio al día y toco en todas y cada una de mis clases y suelo ofrecer un concierto con repertorio elegido con humildad para lo cual sí que estudio más los meses previos. Y todo esto para que los alumnos vean que de la misma manera que  les exijo a ellos que toquen en cada evaluación, yo también doy la cara. Esta meta, me mantiene en contacto con el escenario, repercutiendo positivamente en la formación de mis alumnos porque siempre comparto con ellos el feedback. Eso sí, no hay mejor feedback que el suyo propio exponiéndose a conciertos asiduamente.

En resumen, no puedo ser mejor profesor de saxofón en enseñanzas elementales y profesionales únicamente porque ofrezca conciertos de altísimo nivel. Podría entender que se le exigiese un cierto mayor nivel tocando a profesores de enseñanzas superiores pero seguiría habiendo otros aspectos muy importantes y necesarios para poder ejercer este trabajo de la manera más eficiente.

Debes pasar por alto el hecho de pensar en que los demás van a pensar mal de ti porque no ofrezcas muchos conciertos o no toques obras del máximo nivel. No olvides que ese no es tu trabajo y que el que va a hablar mal de ti lo va a hacer hagas lo que hagas.

Por otro lado debes pensar también que los profesores de conservatorio también tenemos vida al margen de nuestro trabajo y nuestro hobby (porque para poder hacer las cosas bien en tu trabajo, tu trabajo casi que debe ser también tu hobby). Con el tiempo ves que las horas no nos cunden como cuando vivíamos en casa de nuestros padres, que nos lavaban la ropa, nos compraban los instrumentos, nos ponían la comida en la mesa, hacían la compra, las gestiones de burocracia etc. Todo esto lo tenemos que hacer nosotros antes de ir a trabajar.

Y no solo eso, también hay que entender que como cualquier ser humano que realiza un misma actividad durante años tenemos rachas con más motivación que otras y momentos personales (físicos y mentales) y familiares más o menos complicados y esto no es patrimonio únicamente de los funcionarios.

Así que para cerrar este tema y enlazar con el siguiente, me gustaría zanjarlo afirmando que me parece muy injusto ese prejuicio en contra de los funcionarios docentes. Yo no soy un concertista frustrado que da clases porque no le queda otra, yo siempre quise ser profesor y soy consecuente con mi deseo.

Y esto es lo que te espera si quieres ser profesor de conservatorio elemental/profesional:

Te espera el mejor y más bonito trabajo del mundo, especialmente cuando los alumnos se ponen en tus manos para aprender.

Eso sí, ser profesor no es sentarse detrás de una mampara, decirle al alumno en qué nota se ha equivocado e indicarle que estudie más hasta que se lo sepa.

Ojito a la colocación de las manos y embocadura. Busca siempre a un buen profesor al que le entusiasme su trabajo.

Las edades de nuestros alumnos van desde los 8 años (una edad muy delicada en cuanto a motivación, concentración y constancia, en la que a muchos ni siquiera les llegan los dedos a las llaves del saxofón) hasta personas más mayores que incluso que tú. Y todos ellos llevando en sus mochilas muchas horas diarias de clase, deberes y exámenes en primaria, secundaria, bachillerato, universidad y por supuesto otras actividades extraescolares. Con todo esto te puedes hacer a la idea de las dificultades que nos encontramos al realizar nuestro trabajo intentando cumplir una programación, teniendo en cuenta la circunstancia personal de cada alumno en cada momento y teniendo en cuenta la diversidad de edades, de motivaciones y el tiempo del que disponen la mayoría de ellos para poder estudiar lo que se requiere en el conservatorio.

Además, entre los alumnos te encontrarás: a los que les obligan los padres a asistir, a los que tienen la música como un hobby, a los que dudan si se dedicarán a la música en el futuro y los que parece que lo tienen muy claro que sí. También están los que no tienen aptitudes musicales, los que tienen algunas y los virtuosos. Cada uno con sus circunstancias personales, económicas, de salud, etc. Es muy difícil dar a cada uno lo que necesita en esas etapas de la vida.

Y todo esto con la meta de poder despertar en ellos el amor por la música, el instrumento y en algunos casos el deseo de querer continuar sus estudios en el conservatorio superior para dedicarse a algo relacionado con la música de manera profesional.

Te vas a dar cuenta de que tienes a veces oleadas de alumnos fantásticos y de repente, resulta que te tiras varios cursos en los que nadie parece que tenga el más mínimo interés en estudiar saxofón. Y siempre está uno preguntándose, ¿estaré haciendo algo mal? No te preocupes porque son rachas. Tampoco te frustres porque lo estés dando todo con un alumno pero parece que él no está dispuesto a hacer lo mismo o simplemente no puede, esto es el pan nuestro de cada día.

Otras funciones habituales que nos toca hacer en el conservatorio son:  monitor de guardería, psicólogo, orientador, educador, amenizador, relaciones públicas, asistente personal para la compra de instrumentos, vigilante en la hora de guardia, taxista, etc.

Como ya he dicho antes, la administración no valorará nuestro buen hacer pero afortunadamente, por el camino nos encontraremos a alumnos que siempre apreciarán tu trabajo y que te saludarán por la calle con mucho cariño, padres muy agradecidos con regalos o sin ellos y por supuesto todo lo contrario. Alumnos y padres que, incluso habiendo recibido multitud de clases extra fuera de tu horario de trabajo ni siquiera te darán las gracias.

Y digo todo esto, porque con los años, agradecerás más estas muestras de afecto y reconocimiento por parte de unos alumnos que aprecian el cariño que pones en lo que haces. Ten cuidado porque con demasiada implicación en tu trabajo puedes terminar convirtiendo lo profesional en algo personal. Y hay que procurar que esto no ocurra porque después te podrías llevar muchas decepciones.

No olvides que los titulados superiores en saxofón no salimos preparados para impartir clases de enseñanzas elementales. Para mí, es con diferencia lo más difícil de mi trabajo. Creo que cualquier profesor en activo de primaria te daría cinco vueltas en tus primeras clases de enseñanzas colectivas elementales. No nos preparan para ello. Hace falta ser muy creativo, espontáneo, rápido de reflejos y ponerse en la piel del alumno en cada segundo, y esto no se improvisa.

Otra tónica de los centros públicos es que en muchas ocasiones me he visto sin los medios mínimos necesarios para ofrecer mis clases en el propio conservatorio, sin obras ni cuadernos de estudios comprados,  aulas no acondicionadas, aulas en las que ni siquiera había un saxofón para que el profesor pudiese tocar, o que no haya otros saxofones para formar un cuarteto, o cañas, o que el conservatorio no disponga de recursos  para que pudiese venir a ofrecer un concierto un saxofonista. No solo eso, el colmo fue cuando el curso pasado nos tuvimos que buscar la vida para ofrecer clases online a nuestros alumnos (con la ayuda financiera de nuestro propio bolsillo).

Me llama mucho la atención el hecho de que mis clases de hoy no tengan en absoluto nada que ver con las que impartía hace 24 años. Hace 24 pensaba que para dar mejor mis clases lo que tenía que hacer era estudiar mil horas y enseñar como lo hicieron conmigo. Pero mis alumnos de hace 24 años no tienen en absoluto nada que ver con los niños de ahora y además, han aparecido más métodos, más libros de estudios y más obras, aunque muchos profesores es posible que aún no se hayan dado cuenta de ello. Y es que resulta que si le preguntas a cualquiera por libros de estudios para enseñanzas elementales y profesionales, el 90% te va a decir los mismos con los que estudiaron. Y es que si quieres conocer nuevos métodos tienes que buscar constantemente en las web de las editoriales de música e invertir el dinero que deberían invertir los conservatorios.

Otra cosa que te llamará la atención es que desde la administración te mostrarán una pose de que les preocupa mucho que nos reciclemos mediante constantes actividades de formación, pero cuando te da por mirar la oferta de cursos que organizan te darás cuenta de que suelen ser una auténtica mierda.

Durante todo este tiempo me he dado cuenta de que en realidad cada uno en su aula hace lo que le da la gana, en referencia a lo reflejado con la programación, pero es esta (si la cumples) la que te salvará de cualquier reclamación. Entiendo que no es lo mismo hacer la programación tú solo que tener que consensuarla con un grupo de profesores, pero hacer la programación de aula analizando los resultados obtenidos por tus alumnos en el curso pasado, es el ejercicio más productivo que pueden realizar los profesores para mejorar en su trabajo. Si yo fuese padre de un estudiante de saxofón y viese que la programación de la asignatura lleva 10 años sin modificarse, sinceramente pensaría en buscar otro profesor.

Para finalizar, comparto con vosotros una reflexión. La mejor inversión que puede hacer un gobierno es en investigación, educación y cultura, y lo que la sociedad espera de las enseñanzas que impartimos es que acerquen la cultura a los ciudadanos, y,  teniendo en cuenta que no todo el mundo se va a poder dedicar a ser saxofonista profesional, creo que no deberíamos perder dicho enfoque a la hora de exigir qué contenido ofrecer.

Recuerdo que cuando me notificaron que había aprobado las oposiciones mi reacción no fue como me esperaba. No hubo un momento de saltos, gritos o lágrimas de emoción. Tras tantos años de estudio y preparación, viviendo únicamente para esto y habiéndolo dado todo, me había quedado vacío.  Eso sí, cada día que entro en mi clase, me sale una sonrisa y pienso que “ya estoy en casa”.

Bueno, no os molesto más, !vamos a por el 25!

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